Érase una vez, hace años, más de los que nos parece al echar la vista atrás, un país llamado España, donde la palabra CRISIS no existía.
Los niños del lugar ya no recuerdan que en aquel país se vivía en la abundancia, sus papás empiezan a pensar si aquello no fue un espejismo, un sueño del que despertaron un día en paro con una carta de despido entre sus manos, o la llamada de teléfono de la entidad bancaria que gestionaba su hipoteca.
Eran otros tiempos hijo, nosotros, los adultos, vivíamos alegres y despreocupados; en la mayoría de los hogares nos quejábamos de que nos hacían trabajar demasiado, y para compensar la falta de tiempo y el estrés que eso suponía, dedicábamos horas a planear las próximas vacaciones; nada de ir de camping un fin de semana, lo hacíamos a lo grande, medio año antes estábamos reservando hotel en algún lugar lejano y exótico, que eso de viajar estaba muy de moda, y quien no lo hacía no era nadie.
El resto del tiempo mirábamos folletos para decidir el nuevo coche que íbamos a comprar, el anterior sólo tenía dos años, pero con el bebé era imperiosamente necesario un coche más grande, más seguro y con un maletero enorme en el que meter el cochecito y todos los útiles que transportar al bebito requería, porque los fines de semana salíamos por ahí, a comer en algún restaurante nuevo recién abierto, o al centro comercial más cercano a comprar el último capricho tecnológico del que papá se había enamorado, o te dejábamos con los abuelos y nos íbamos de cena romántica, copa y baile... ¿Que no te lo crees? ¿te parece imposible?...a mi casi también.
Aunque el televisor funcionaba perfectamente, papá decidió que era gordo y feo, y que necesitábamos una pantalla de plasma para ver la tele como en el cine, cuando llegó la pantalla nos dimos cuenta de que era más grande que el comedor, por lo que nos vimos obligados a pensar en comprar un piso más grande, o mejor, una casita adosada de esas tan monas, con un patio para que tu jugaras.
No había problema, el BANCO lo financiaba todo, vendimos el piso por el doble de lo que nos había costado, pero la casita costaba cuatro veces más, menos mal que un señor, el director del Banco, que era un ángel, nos prestó dinero para la casa, el coche y ya de paso para los muebles nuevos, que no íbamos a aprovechar los viejos, solo faltaba empezar con unos muebles cutres de hacía 6 años nuestra nueva vida.
Tu eras muy pequeño y no recuerdas, pero mamá te compraba unos trajecitos monísimos de Benetton...sí, ya se que ahora voy a los chinos, tampoco está tan mal, los calcetines se agujerean al segundo lavado, pero la abuela me ha enseñado a zurzir - antigua costumbre que yo odiaba - y a meter el bajo de los pantalones, así te los compro tres tallas más grandes, y te sirven para más tiempo.
Yo me reía de la abuela, que mujer más pesada, siempre hablando de que ella en sus tiempos ahorraba y no gastaba más de lo que tenía, siempre con miedo al futuro y recordando tiempos difíciles, siempre recriminando que yo tirara la ropa sin estar estropeada, sólo porque había pasado de moda.
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