Destino, suerte, fatalidad…podemos llamarle de muchas maneras, todas ellas llevan a la misma definición: una especie de poder independiente de la voluntad humana, inevitable e ineludible que guía nuestras vidas por senderos no escogidos por nosotros hacia fines tampoco elegidos, sea para bien o para mal.

No voy a entrar en abismos filosóficos ni a profundizar más allá de lo que afecta a nuestras vidas cotidianas la creencia en ese destino escrito para cada uno de nosotros.
En nuestro vocabulario habitual la palabra, que no el concepto, está más que extendida y es protagonista de muchas de nuestras frases, con lo que convivimos con ella aceptándola y adaptándola a nuestras circunstancias.
Decimos que fue "cosa del destino", o que "el destino se puso en su contra"; utilizamos frases como - destinados a conocerse - o - destinados a no entenderse-
Enlazamos con la suerte, aunque su significado no es el mismo, le damos el mismo poder mágico, y resulta que tenemos suerte cuando algo nos va bien, o que pasamos por una racha de mala suerte cuando las cosas no salen como querríamos.
El cancionero popular está repleto de letras en las que el destino es el culpable de todo, cuantos amores tristemente acabados por culpa del dichoso destino. Posee para nosotros una connotación romántica y melancólica; contra él no se puede luchar, nada podemos hacer.
Podría yo decir entonces por ejemplo que es mi DESTINO echarme la siesta cada tarde, ya que una fuerza superior a mí me empuja hacia el sofá sin que yo pueda hacer nada por impedirlo, trato de ofrecer resistencia, pero no hay manera, es imposible. Ese destino contra el que nada puedo me obliga a perder el tiempo entre sueños, por lo que es el culpable de que luego yo no cumpla con los objetivos que me he marcado en el día.
Ya está, ya tengo la excusa perfecta para no asumir responsabilidades, un chivo expiatorio para todo aquello que suceda en contra de mis deseos – el destino así lo ha querido –
Siempre puedo acudir también al otro gran recurso: la SUERTE. A mí las cosas me van mal porque tengo mala suerte, que yo haya tomado decisiones equivocadas, o que ni tan siquiera haya llegado a tomarlas no tiene nada que ver en esta ecuación, es la mala suerte. Pero ¿nos la buscamos nosotros con nuestros actos o nos viene dada, por defecto?
Reconozcamos que es tentador creer en estas palabras, lo difícil es resistirse, porque nos aportan paz y tranquilidad. Si da igual lo que yo haga, porque mi vida depende de la suerte o el destino, puedo relajarme y dejarlo todo en sus manos, y es tan cómodo delegar la responsabilidad, no sentirse culpable ni atormentarse con las opciones que tenemos ante nuestros ojos.
En el fondo de todo esto subyacen otras dos grandes y magníficas palabras: la libertad, en este caso, el miedo a la libertad y el compromiso que ello conlleva, es preferible a veces no tener libertad de elección, que da mucho trabajo y además ¿y si me equivoco? ¿y si no tomo el camino correcto? ¿y si me sale mal? Pues mejor pensemos que ha sido el destino el que me ha llevado hacia ese camino,sea el que sea, pero sobretodo si es el equivocado, si no lo es siempre estoy a tiempo de pensar que fui yo que supe tomar la decisión acertada.
La otra palabra es la resignación, nos evita sentimientos de culpabilidad, podemos vivir mejor con nosotros mismos y nos ofrece ese conformismo tan agradable que nos ayuda a dejar de pensar en porqué las cosas ocurren como ocurren.
Se que mientras leéis esto estaréis pensando - de acuerdo, quizás tiene razón, pero no todo está en nuestras manos, no tenemos poder para controlar y variar cada una de las circunstancias que se nos presentan en la vida -
Es cierto, en muchas ocasiones lo que nos ocurre escapa a nuestro control y se presentan situaciones que no hemos provocado o buscado ni consciente ni inconscientemente. El azar, la casualidad están ahí, repartiendo cartas, sin hacer distinciones entre ricos o pobres, guapos o feos; somos nosotros, los que con nuestro egocentrismo habitual le damos a esos hechos un valor único y personal, todos conocemos las frases ¿Qué he hecho yo para merecer esto? ¿porqué me tenía que pasar a mí? La respuesta a esta pregunta es: ¿y porqué no? ¿eres mejor que los demás? ¿te preguntas lo mismo cuando te suceden cosas buenas?
Lo importante llegados a este punto es como voy a reaccionar a partir de este momento para resolver o paliar el problema; que actitud voy a presentar frente a él, porque de afrontarlo de una u otra manera dependerá el desenlace... o ya que el destino me la ha jugado puedo dejarlo en sus manos, a ver hacia donde me lleva.
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